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En la casa del fútbol
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En la casa del fútbol NOTICIA
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De todas las frases que emplea el 'speaker' de El Molinón para introducir al respetable en la vorágine futbolera, hay una -«Estamos en la casa del fútbol»- con la que siempre he querido titular un artículo y que nunca me había atrevido a traer a esta página por entender que rara vez, en nuestros encuentros como locales, se habían dado las circunstancias propicias que hicieran a estas líneas merecedoras de tal solemnidad. Ocurre que el destino ha querido que fuese en el enfrentamiento contra el Deportivo -el único hasta ahora, que yo recuerde, en el que falló la megafonía- en el que más y mejor resplandeciesen las grandezas y las miserias de este deporte. El que compendiara a lo largo de sus noventa y pico minutos todas las emociones que más o menos pueden tener cabida dentro de un estadio.
Eran dos equipos heridos los que saltaban al campo. El Deportivo, por la humillación que le infligió el Valladolid hace sólo unos días en su propia casa; el Sporting, por lo mucho que se le había agrietado la moral tras el escándalo del Bernabeu. Ambos gozaban de una cierta tranquilidad, pero también salían motivados por unas expectativas que no acaban de cumplirse. La de los blanquiazules consistía en sacar de una vez el billete para Europa; la de los rojiblancos, en certificar cuanto antes su permanencia en Primera. La ley de la compensación -en la que más o menos cree supersticiosamente cualquier aficionado al fútbol y viene a decir que, cuando se trata de escuadras de una mediana solvencia, a una de cal siempre le sigue otra de arena, o viceversa-, con esos precedentes y esas pretensiones, anticipaba un empate, pero el partido se desquició tan pronto como el Deportivo se quedó con diez y los gijoneses tuvieron por delante una primera parte de ensueño en la que pudieron conseguir una pequeña goleada de haber tenido sus delanteros un poco más de eficacia.
En aquellos momentos, todo parecía Jauja. Y sin embargo, tras el descanso, cuando la hinchada se las prometía muy felices, llegó el bajón. El Sporting salió disfrazado de su hermana fea, presa otra vez de sus incurables ataques ciclotímicos. Los coruñeses, que lo notaron, empezaron a controlar el juego para alegría del puñado de Riazor Blues que se apiñaban en la esquina del nordeste y que estallaron de júbilo cuando el exoviedista Adrián marcó el gol que igualaba la contienda. Todo pareció venirse abajo, y la afición local se sumió en una extraña mezcla de catastrofismo y resignación que acabó desembocando en una nueva euforia cuando los gallegos se desquiciaron del todo y provocaron un penalti que acabaría transformando el siempre fiable Diego Castro y que sumaba el punto que hasta entonces tenían atado a un inventario de pérdidas del que también formaban parte el entrenador, el portero y un defensa. La grada, frotándose los ojos, se preguntaba si aquella victoria que al principio había parecido casi hecha y que se había ido transformando progresivamente en un empate y en la posibilidad de una derrota tan extravagante como deshonrosa, se frotaba los ojos preguntándose si todo aquello sería real. Pero uno, en la vida, no puede dar con seguridad nada por hecho. Mucho menos si está en la casa del fútbol.
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