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CONFLICTO ENTRE JUSTICIAS
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CONFLICTO ENTRE JUSTICIAS RUMOR
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justicia que imparte el árbitro en el campo de fútbol es un tipo especial de justicia. Se puede estar de acuerdo o disentir de las sentencias de los jueces, de las órdenes de los guardias de tráfico, de las notas de los exámenes escolares pero, aunque se pueden recurrir, se acatan porque se reconoce la autoridad de la que emanan. En cambio, las decisiones del árbitro en los campos de fútbol no se pueden recurrir, pero son contestadas por el público que cuestiona su autoridad y su pretendida neutralidad hasta el punto de que la protesta por las decisiones arbitrales está incorporada al ritual de cualquier público.
Los jugadores no pueden protestar y por eso incitan a veces a los hinchas a que lo hagan, pero la protesta de los espectadores se tolera y no conlleva sanciones de ningún tipo, porque lo que sucede en el espacio del público no está reglamentado por las reglas deportivas y sólo afecta a la labor del árbitro si el público se mete en el terreno de juego, bien directamente o bien lanzando objetos. El repudio de la autoridad arbitral por los espectadores es también simbólico pues la autoridad del árbitro no puede ser oficialmente negada y sus decisiones son finalmente las que valen, porque para eso tiene toda la autoridad legal. Las protestan porque el árbitro no tiene autoridad legítima a los ojos de los hinchas que participan en el partido identificados con su equipo y niegan toda posibilidad de neutralidad. Como el público está metido en el partido, pero no en el terreno de juego en el que reina la (in)justicia de árbitro, la pretensión de legitimidad de «su» justicia se integra en el partido como conflicto con el árbitro.
En el fútbol coexisten en conflicto diferentes «esferas de justicias» y cada partido escenifica ese conflicto ritual entre diferentes tipos de justicia: la deportiva y oficial (supuestamente neutral) frente a la pretensión de auténtica justicia por parte de los seguidores del equipo que la exigen para que no sea una farsa de justicia. Aunque nada cambie, con su protesta ha de quedar claro de qué parte está la razón y empieza un contencioso más allá del partido, porque la injusticia merece ser reparada y su memoria perdurará en partidos posteriores, nuevas ocasiones para vindicar la afrenta padecida y exigir acciones reparadoras. Nace así un nuevo motivo para la agresividad ultra.
El árbitro es a menudo, por tanto, protagonista –más incluso que los jugadores– de la interacción entre el terreno de juego y el público. Su figura, que tiene la función de garantizar el carácter reglado y no caótico, lúdico y no violento, del juego, adquiere un papel meta deportivo y acaba asumiendo, a los ojos de los espectadores que no son (no pueden ser) imparciales, la justificación de este otro nivel de conflicto que entra en juego; un conflicto en el que ya puede echarse mano de todo tipo de explicaciones e invocar diversos intereses económicos o políticos. El árbitro es una figura paradójica. Sin él no hay partido: es necesario que ejerza su función de árbitro deportivo para que se pueda disputar la contienda. Pero sirve a su vez de pretexto para provocar, independientemente de su voluntad y aún de su conciencia, la exigencia de otra justicia. Actúa en el marco deportivo como protagonista consciente de su tarea. Pero al mismo tiempo, protagonista también en el marco simbólico de los hinchas, soporta el peso del imaginario colectivo cuyos significados le resultan ajenos. Garantiza a la vez el conflicto deportivo y el conflicto ritual del público. Por eso corre el riesgo de salirse de su papel o ejercerlo inadecuadamente provocando entonces que la violencia ritual se transforme en violencia real.
El sentido de la justicia que tienen los grupos ultras funciona en las relaciones entre ellos como una justicia propia, que no debe recurrir a los agentes externos que simbolizan la justicia del resto de la sociedad. Los ultras imparten justicia por su cuenta y aplican la venganza del «ojo por ojo y diente por diente»: a una pintada se responde con otra pintada, a una invasión de territorio con otra invasión y a un robo de material emblemático con otro robo.
Por eso cuando hay una agresión física, hay que responder atacando violentamente y los agredidos nunca denuncian el ataque a la policía, porque sería salirse de las reglas del combate. Los enemigos («falsos», «cobardes», «mentirosos», «vendidos», «traidores», etc.), son siempre merecedores de una justicia punitiva, que no es la justicia que imparte el árbitro ni la policía, sino la que debe imponer el tribunal del fondo ultra y se expresa en forma de amenazas de agresión.
Todos los miembros del grupo están obligados a participar en esas acciones de venganza y está muy mal visto que alguien se «escaquee» de un ajuste de cuentas, de una respuesta a una carga policial o de un ataque preparado contra otro grupo. El que no colabora en esas actuaciones y evita estar «cuando hay que dar la cara» es un «cobarde» y un «conejo», que puede ser expulsado por no acatar las reglas que rigen para todos. En el comportamiento agresivo de los ultras no cabe la vergüenza (no hay situaciones embarazosas para ellos), ni el sentimiento de culpa (pues sólo pretenden hacer justicia). Participar en la hinchada ultra obliga a exhibir agresividad como testimonio de fidelidad y coraje, pero al mismo tiempo garantiza la despersonalización, la cobertura del grupo y la impunidad irresponsable. Uno debe cumplir el papel asumido y, como el actor de cine o de teatro, no es responsable personalmente de las acciones que el guión le atribuye. Dentro de estos grupos la violencia es una categoría que no encierra la idea de comportamiento sancionable o punible y la adhesión a valores como la fuerza o el desprecio a los adversarios son las reglas del juego pues, aunque se corra algún riesgo, hay que ser agresivo en el desarrollo del ritual para ganar posiciones de prestigio. Los ultras saben en todo momento lo que está pasando, lo que se puede y no se puede hacer, lo que está bien o mal de acuerdo con sus patrones de conducta.
Casi nunca los episodios de violencia son arrebatos de improviso, ni consecuencia de una reacción súbita ante algo que ocurre en el terreno de juego. La agresividad de los hinchas no nace del juego directamente, es previa, paralela, y no se agota en la respuesta a lo que hacen los jugadores. Sería erróneo explicar la violencia ultra basándose en la agresividad del juego y de hecho cada vez son más raras las escenas de brutalidad dentro del terreno de juego. Otros deportes más permisivos con los choques físicos y mucho más violentos (como el boxeo o el rugby), apenas suscitan sin embargo problemas de violencia de los espectadores. Las eventuales acciones de los futbolistas pueden aumentar la excitación de los hinchas si exacerban la tensión agravando el conflicto que desde el principio se desarrolla en las gradas; lo que ocurre en el campo se incorpora e integra en las actuaciones de los ultras, pero no son el origen ni la razón principal de su comportamiento que obedece a una lógica autónoma.
Molinon
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